Ni nos falta razón, ni nos sobra razón

12 de agosto de 2005

Dime un nombre

A partir de ahora ya no te llamarás Dadinho. A partir de ahora te llamarás Ze Pequenho. Ze Pequenho, Ze Pequenho crecerá y será grande.

Para mi gusto, este es el momento clave de Ciudad de Dios, la excelente película que dio a conocer a Fernando Meirelles en todo el mundo.

Dadinho se hace mayor y se convierte en otro cuando un chamán decidé cambiarle el nombre. Es lo que definirá desde entonces al sanguinario Ze Pequenho: su nuevo nombre. De una vida de niño con objetivos difusos pasa a una de adulto con los objetivos claros. Es entonces cuando la película da el giro necesario para convertirse en una de las mejores de los últimos años.

A todos nos pasa alguna vez, aunque no siempre es necesario cambiar de nombre. Sólo hace falta encontrarse o re-encontrarse. A Alonso Quijano le sucedió cuando se convirtió en Don Quijote. Otros nunca se dan cuenta y a otros les sucede varias veces. La vida es puro cambio. Es muy fácil vivir de recuerdos y esperanzas, pero así no se cambia nada sustancial, sólo lo superficial. Lo difícil es disfrutar con el día a día, con lo que haces en cada momento. Es la única forma de darse cuenta de los cambios, e incluso, de provocarlos.

¿Quiénes somos? ¿Lo sabemos? ¿Os ha pasado alguna vez? Lo dejo para los comentarios del fin de semana, si os apetece. Yo volveré el martes, que vienen tres días de fiesta muy moviditos.

1 comentario:

Jeremias dijo...

Charly
me he quedado sin palabras.

Jeremias
¿Por? ¿Te ha gustado o no te ha gustado?

Nesemu
El nombre da su ser a la realidad. Por eso, en el relato del Génesis Jahvé le dice al recién creado Adán: ponle nombre a las cosas... para que existan. El relato dice que Dios las había creados pero hasta que el hombre no les pone el nombre no ex- isten, sólo son. Por eso, no estánmuy errados quienes sostiene que 'Dios no existe', aunque puede que sea. Si ex-istiera, estaría fuera de sí, podría medirse, calcularse, pesarse, comprar y venderse, y manipularse Como han pretendido torpemente los clérigos de todas las religiones 'reveladas'. No en el budismo, por ejemplo, ni en el Tao... ni en el Zen que no es religión alguna aunque busca la liberación y la expreión del ser más íntimo.
Los seres humanos en todas las culturas recibían el nombre de su padre, pues era la forma de reconocerlo como hijo de sus entrañas, ya que las de la madre eran patentes.
En el relato bíblico, Caín, despuñés de matar a su hermano y exiliarse al destierro le pide a Dios que le ponga un nombre, que le haga una señal para que los demás puedan reconocerlo y así, al no ser de nadie, apoderarse de él. Y le uso una señal en la frente, parecida a una T.
En las culturas africanas el niño recibe distintos nombres a lo largo de su vida. Se lo pone su padre y después la comunidad al superar las pruebas inciáticas declarando así que lo reconocen como miembro activo de la comunidad, y por lo tanto todos son responsables de él.
En muchas culturas existe un nombre secreto que sólo conoce la persona y algunos allegados, o los miembros de su clan o, como sucede en otras muchas culturas, el nombre que le da el Maestro es algo vivo y dinámico que tiene que ver con su peripecia personal. En cierto modo, el nombre se lo arranca el discípulo al Maestro a pesar de que este no quiera dárselo porque no lo considera maduro todavía. Al arrancarlo el discípulo se hace responsable de su destino y compite con los mismos dioses. Quien arranca un nombre de boca del Maestro le arranca un poco de su ser y a este le duele y no tiene más remedio que tenerlo siempre presente y enviarle sus bendiciones, esto es decir bien de él en su corazón.
El nombre crea la cosa porque las cosas son en cuanto que significan algo para alguien. Los animales son, las personas son para.
Por erso, en la antigua Grecia, a los esclavos muy valiosoS y queridos por su amo les ponían un collar de plata cerrado y con esta inscripción: "Soy de Fulano, si me pierdo condúceme a él".
Se cuenta hermosamente en El Lazo de púrpura.
Entre los pueblos indígenas de América el nombre obtenido después de las pruebas inciáticas no se podía comunicar a un blanco o a un extranjero. Todavía hoy si le preguntas a algún niño de muchas etnias africanas ¿cómo te llamas? Te responderá con tu propio nombre, "Me llamo Sergei" no con el suyo, para protegerse.
Finalmente, la clave está en poder decir con Don Quijote "Yo sé quién soy"... me llamen como me llamen y digan de mi que si estoy loco o que si tal o cual... No olvidemos que lo

Sergio
Deliciosa aportación

Pasado está...

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